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A la letanía de “Venezuela se arregló” se le está agotando la batería. Ese relato eventualmente comprado por cierta clase media no oculta el hambre de la mayoría del pueblo venezolano. La voz de ciudadanos desesperados se hace implacable: “mi medicina cuesta 140 dólares, tengo dos años sin comer pollo y tres sin carne de res. No tengo zapatos. Maduro, tú y tu cúpula, tu cuerda de sátrapas que andan en Ferraris nos están matando de hambre”.

El lunes pasado en los alrededores de Miraflores, el miedo se expresó. El centro de la capital fue tomado con funcionarios de PoliCaracas y efectivos militares de la GNB y la PNB. Como en otros tiempos, los accesos a la ciudad fueron trancados, montaron tarimas en varios sectores para simular actos paralelos de trabajadores (autobuses en los barrios ofrecieron 20 dólares a quien asistiera con una franela roja a las concentraciones a favor del régimen) y soltaron a los motorizados.

Lo que aprobó la AN fue efectivamente, parafraseando a Cabrujas, una decisión más acorde con el reglamento de un hotel, y mucho más peligroso en sus consecuencias.

Es además un acto egoísta de una élite que se adhirió a la narrativa del régimen con su “Venezuela se arregló” ejercida en unas 100 hectáreas en las que unos tontos pagan a lavadores de dinero un precio cinco veces superior por lo que consumen.

También es una acción que desestima el sufrimiento de un país. Que olvida a las 13 mujeres y 261 hombres depositados en mazmorras como presos políticos del régimen. Que desprecia a miles de jubilados que mueren de tristeza sin asistencia social. Que desdeña el padecimiento de trabajadores que no ganan ni de lejos lo suficiente para que sus familias puedan comer, tal como lo han recordado los maestros y personal de la docencia que marcharon masivamente el pasado 9 de enero en todas las entidades del país y que aún siguen protestando, a pesar de las presiones del régimen.

Ahora, mujeres de todas las edades y la juventud iraní se han rebelado. El pueblo, además, está agobiado por la crisis económica y se les ha unido.

Las protestas han sido calificadas por analistas como una revolución desde el asesinato de Mahsa Amini el pasado 16 de septiembre luego de haber sido detenida y torturada por la policía moral iraní. Amini, conocida como Jina, era una chica común, ni siquiera podía catalogarse de activista. Tal vez por eso la sociedad se sacudió ante el crimen, porque a cualquier madre, hija, abuela, le habría podido pasar. Abundan las historias de mujeres abusadas, humilladas, maltratadas. 

El madurismo ha avanzado en su afán por crear, en paralelo a los municipios, una instancia de gobierno colectivista de los asentamientos humanos, totalmente dependiente del gobierno nacional. Está muy claro que, en la nueva estructura política regional planteada, los municipios serían eliminados. Razón tienen quienes sentencian que sería la muerte de la democracia representativa.

El camino, expresado a rajatabla, es hacia el totalitarismo. Para ello primero tienen que acabar con el gobierno local autónomo lo que atropella hasta a sus partidarios (y ellos parece que no lo ven). 

En Venezuela el criterio de manejo de recursos se sustenta en el provecho de las mafias en el poder. Por eso la crisis no sale de un círculo vicioso que solo se rompería con un cambio del sistema político. Nadie en su sano juicio puede sentir confianza en el régimen.

Tal desastre se sostiene sobre un pueblo debilitado, disperso, desinformado; para esto último, la censura es cada vez más implacable lo que se complementa con la invasión de la narrativa oficialista. De esta manera se le hace fácil al régimen reprimir las protestas que terminan borradas o desdibujadas entre el silencio y el relato de la dictadura.

Maduro, al ofrecer la posibilidad de elecciones libres, asume tener el control de decidir sobre ellas y acepta que actualmente no hay condiciones. Revela también su avidez porque le restablezcan la opción de usar nuevamente su chequera y por la libertad para él y su pandilla, de seguir haciendo negocios en el mundo entero.

Las sanciones son una obsesión para el régimen, todo el mundo lo sabe. Hemos de recordar reuniones previas en mesas de negociación donde la supresión de las sanciones ha sido prácticamente el único punto de interés para la dictadura (ahora se ha agregado la libertad de Alex Saab).

“Ahí está el dilema -reiteró Maduro- que nos quiten todas (las sanciones) para ir a unas elecciones libres, frescas, en el tiempo que determine el Consejo Nacional Electoral y la Constitución”. Por cierto ¿qué significarán para él elecciones frescas? ¿Sin muertos, por ejemplo?

De 277 presos políticos, 154 son militares, según registro actualizado de la ONG Foro Penal.

Para esos militares con o sin condena, no ha habido tregua. El régimen, que apuesta a la certeza de la pasividad o indiferencia de la opinión pública, hace con ellos lo que le da la gana. De poco han valido las gestiones desesperadas de los familiares y las diligencias de las organizaciones no gubernamentales defensoras de los derechos humanos, incluida la Misión de la Determinación de los Hechos de Venezuela de la ONU.

“Si se murió el general Baduel y no ocurrió nada, pues que se muera ese coronel escuálido como un perro”, sentencia con frecuencia, José Martínez, director de la cárcel 26 de julio en Guárico donde el coronel de la Guardia Nacional José Gámez Bustamante está detenido desde hace diez años sin haber tenido siquiera la primera audiencia de juicio, indica el registro de la periodista Sebastiana Barráez. Durante ese tiempo la salud del militar se ha deteriorado por el maltrato. ¿Qué cuerpo soporta diez años bajo tortura?

La patria está con nosotros, pero sobre ella no podemos ejercer nuestro derecho. Desterrados y desperdigados, las circunstancias espaciales dificultan organizarse. Súmenle a eso la imperiosa necesidad de sobrevivir apelando a infinitas actividades agobiantes.

Aún sí, nos toca dar esta nueva batalla porque si quienes nos vimos impelidos de salir del país no nos organizamos y exigimos el cumplimiento de la ley y por lo tanto nuestro derecho a ejercer el voto, nadie lo va a hacer.

El  registro electoral del 22 de abril de este año indica que solo 107.297 venezolanos pueden sufragar en el exterior. Ese número de votantes es de hace más de diez años -en la última campaña de Hugo Chávez-

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