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Venezuela es un país desmoralizado. La fractura del ciudadano se ha ejecutado en varias vías, todas con el propósito de quebrar la voluntad del individuo para mantenerse en el poder. El uso de la fuerza continúa siendo ejecutado, aunque ya no presenciemos la brutal represión sobre miles de personas que otrora atestaban grandes avenidas exigiendo libertad o la mejora de sus condiciones de vida. Los asesinatos cometidos contra jóvenes estudiantes terminaron por espantar a las nuevas generaciones que han sido empujadas a vivir fuera del país o a ser resguardados ante el pánico de unos padres cansados de derramar tantas lágrimas sin siquiera el consuelo de la aplicación de justicia. Entonces las grandes marchas se limitan a pequeñas protestas -y por eso aún más valientes- que retan a mandatarios del régimen a responder por el desastre en los servicios o por sueldos miserables mientras la élite de Miraflores derrocha lujos y obesidad navegando en la mayor corrupción de la historia. 

La población venezolana se deshace por el mundo en un ejército agonizante que peregrina sin tierra prometida, bajo el rechazo de países saturados de problemas. Otrora ciudadanos han sido expelidos de su patria por el hambre, la inseguridad, la orfandad de justicia, la vileza de quienes detentan el poder, la imposibilidad de futuro, la dificultad para ganar ingresos decentemente, la ausente opción de oportunidades.

Siete millones 100 mil seres suman quienes han deambulado, muchos desesperados, por conseguir un espacio que les ofrezca una opción distinta a entregarse al mal. Familias completas o pedazos desmembrados de ellas se arriesgan diariamente por tierra o por mar en procura de un mundo mejor.

La cuarta parte de la población de Venezuela sufre el puñal de la lejanía y en tiempos recientes algo les hace el dolor más insoportable: los ataques de sus compatriotas que los juzgan, unos desde adentro por irse, y otros desde afuera convertidos en implacables policías de migración, en cuidadores de territorio al que ellos mismos accedieron tiempo atrás y sobre el que ahora con ese comportamiento despliegan banalidad y crueldad. No son todos, claro está.

El pueblo Las Tejerías en el estado Aragua que aloja algo más de 50 mil habitantes ha sido arrasado por un deslave. Dentro de esta tragedia la oferta de Maduro para los damnificados acrecienta la pesadilla. Para nadie es un secreto la extorsión que los militares aplican en todos los escenarios donde ejercen poder. En las alcabalas de carreteras y vías urbanas, en la repartición de bolsas de comida, en la supuesta función de seguridad para los barrios y hasta en las minas. Venezuela toda es territorio de matraca y los miembros de la FANB son sus más visibles ejecutores. Lo hacen con el permiso de Miraflores desde donde se utiliza la filosofía de “dame pa´l fresco” como una solución para mantener satisfecho a ese sector que formalmente no escapa a los embates de la inflación. En síntesis, los dejan resolverse legitimando un delito.

Fue así como mientras Maduro se lucía con esa promesa, las víctimas aún con las huellas en sus rostros de lodo mezclado con lágrimas denunciaban que los miembros del Psuv y en especial los efectivos militares estaban bloqueando la ayuda que sectores vecinos y empresas privadas habían recolectado. 

El éxito del régimen con la liberación de los narcosobrinos no cierra aquí. El efecto alimenta las esperanzas por recuperar su joya de la corona Alex Saab y para alcanzar la definitiva eliminación de las sanciones. El pueblo venezolano en cambio sufre un retroceso -otro más- en la lucha por recuperar la democracia y lograr elecciones libres.

EEUU por su lado, recibe a cinco ejecutivos de Citgo detenidos desde el 2017, junto a Mathew Heath, cabo de marina de Tennesse arrestado en 2020 y Osman Khan apresado en enero.

El asunto se vuelve perverso porque en estricto sentido de la justicia nadie puede lamentar que unos inocentes sean liberados, aunque Estados Unidos debería explicar cómo ha entregado a unos condenados por narcotráfico peligrosos para su paísen cuyo juicio se probó que los implicados cometieron fechorías con recursos de instituciones del Estado y que operaron bajo el paraguas protector de Miraflores que en conocimiento de sus delitos se refirieron a Estados Unidos como el enemigo.

El portal Cuentas Claras ha publicado parte de ese expediente de manera exclusiva, dejando a la intemperie a las cabezas del régimen y sus socios, responsables de este desfalco calculado en 560 millones de dólares contra la empresa petrolera venezolana.

La lista de implicados en este caso ha sido registrada y seguida con rigor desde el ascenso de Nicolás Maduro al poder, así como la actuación de su pareja Cilia Flores, su sobrino Erick Malpica Flores -de nuevo con poder desde Miraflores- y los hijos de su primer matrimonio: Walter, Yoswal y Yosser Gavidia Flores quienes son frecuentemente mencionados en reuniones como la de marzo del 2017 cuando operadores del clan expresaban la urgencia de pagarle a ellos 159 millones de euros que eran parte del botín. Los hijastros de Nicolás son aludidos como “los muchachos” “los hijos de la señora” y los “conocidos de Cilia”.

Lo que ratifica este informe es muy grave. Los 122 casos de torturas que fueron investigados corroboran que las órdenes eran impartidas desde el más alto nivel. La responsabilidad de esta cadena de mando debería ser considerada por la Corte Penal Internacional.

Una vez que este tercer trabajo de la Misión fue hecho público la maquinaria de censura del régimen se encargó de que ningún medio de comunicación informara sobre su contenido. La Organización No Gubernamental Provea recibió también el aviso respectivo de funcionarios encapuchados del Sebin que irrumpieron en sus oficinas para impedir una rueda de prensa de familiares de detenidos.

Los testimonios recabados, las evidencias acumuladas, llegan a ser escalofriantes. Y en este punto surge un temor: la normalización de tanta sangre, de tanta maldad, la incorporación de tanta monstruosidad a lo cotidiano, asumir que lo oscuro es inevitable y que el tirano ganó.

Lacava ha dejado filtrar encuestas que lo ubican más de 10 puntos por encima de Nicolás. De hecho, en las cuentas en distintas plataformas, sus seguidores (y/o su maquinaria), han venido celebrando su posible candidatura, llegando incluso a retar a Maduro a que se mida con él.

Así, las aguas se siguen revolviendo en el Psuv una vez que Maduro ha arrancado, aunque sin admitirlo, su campaña para seguir al frente del Poder Ejecutivo.

El gobernador de Carabobo no escatimó en lisonjas a Maduro, pero su presencia no movió a una audiencia acostumbrada al show del mandatario regional. La estrategia de Lacava, autobautizado como Drácula, copiando la figura del murciélago del escudo de la ciudad de Valencia, España, consistió en empalagar al visitante machacando la figura de súper bigote. Fracaso anunciado porque con ese peso, no existe un ser que pueda volar.

Hasta ahora Maduro ha logrado doblegar a sus enemigos, abortando rumores y conspiraciones, comprando simpatías -especialmente militares-, entregando muchos recursos, y nuestra soberanía si es necesario. La batuta de los cubanos le aconseja y Maduro obedece, mientras engrosan expedientes de torturados, de presos políticos inocente.

Durante estos años hasta los que se dan de bravucones han mostrado genuflexión.

A Maduro no le importa que lo califiquen de sanguinario. Él sigue en el poder, lo demás se compra, se matiza, se oculta, se distorsiona. Muestra desenfado, aunque la gente lo deteste. Él no tiene que medir simpatías, y si lo llegara a hacer, sería contra una oposición agónica que se ha canibalizado.