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Lo que antes era una amenaza se ha convertido en certeza. Maduro ve en su futuro la cárcel o la inmolación. Quedará registrado como el más estúpido dictador. Sanguinario, pero estúpido.

La estrategia opositora ha sido la adecuada. Para un régimen constituido por mafias, el dinero tiene que ser la primera preocupación de sus miembros. Y si además les ofrecen benevolencia, bienvenida sea.

Maduro huele a muerte. Es la oscuridad, la amargura. La mentada de madre gritada en coro por venezolanos en cada rincón del planeta.

La esperanza fue creciendo cuando los diputados de la Asamblea Nacional con coherencia junto a sus grupos partidistas, informaron la decisión de sacar al usurpador y hacer respetar la Constitución.

Y entonces Juan Guaidó asumió la oportunidad que le tocó en la historia. Un joven de 35 años que desde cuando fue estudiante había asumido su pasión por la política, con éxito además, cuando en 2007 junto a ya legendarios compañeros, movilizaron las calles en protestas por el cierre de Radio Caracas Televisión y le propinaron la primera gran derrota política a Hugo Chávez en su primer intento de reformar la Constitución.

La detención de menores de edad encaja en un patrón grave. Los muchachos, casi todos de sectores populares, son utilizados como un mensaje de terror hacia la comunidad más desasistida. El régimen procura, desesperado, contener el malestar que ya muestra señales de estallido y que exige la salida de Maduro, a quien ya no le funciona la amenaza de privar a la comunidad de servicios, o de comida o del pago de pensiones. El hartazgo es generalizado.

El momento histórico se expresó el 23 de Enero pasado cuando se efectuó el movimiento de calle más grande en la historia venezolana. Venía precedido por protestas en los barrios que fueron reprimidas con fuerzas paramilitares al servicio del régimen. Muertos y detenidos han sido el dramático balance de esta nueva represión chavista.

El cierre de ese día histórico es un país esperanzado que aún está bajo la angustia de no saber qué más se puede hacer para obligar a la dictadura a que acate la Constitución y deje el poder.

Ahora en Miraflores hay un usurpador llamado Nicolás Maduro que acaba de juramentarse en un proceso ilegal, no reconocido por la mayoría de los partidos políticos, de los países democráticos, los organismos internacionales y el pueblo venezolano. Antes, con cinco días de diferencia, correspondió a Juan Guaidó, joven diputado representante de Voluntad Popular, presidir la Asamblea Nacional. Su discurso de juramentación fue impecable. Respetuoso, institucional, sin ofertas mesiánicas y con la propuesta de unidad, le habló al país respecto a asumir responsabilidades como ciudadanos.

Aunque Cabello y Maduro siempre terminan pactando como jefes de bandas, existe el riesgo de que Diosdado decida darle uso a los cuchillos largos, más ahora cuando Maduro pasa a ser formalmente dictador. La orden desde Cuba es controlar peligros y soldar fracturas. Ya en este mismo espacio, semanas atrás, referimos que el despido de González López había sido consecuencia de información –aportada a Maduro por la inteligencia cubana– de que el jefe del SEBIN, con el conocimiento de Diosdado, venía grabando a la pareja presidencial. 

 

Estadísticas que preocupan: los cuerpos de seguridad del régimen venezolano son responsables de una de cada tres muertes violentas en el país, una cifra coherente con la actuación de un Estado criminal.

Precisa Roberto Briceño León director del OVV, que de acuerdo a los parámetros de la Organización Mundial de la Salud, puede afirmarse con claridad que una epidemia de violencia se expande en el territorio nacional.

El 8 de octubre, el cuerpo del concejal Fernando Albán fue lanzado del décimo piso del edificio de la policía política, SEBIN, ubicada en Plaza Venezuela. Albán había sido detenido de manera irregular. Los antecedentes conocidos por testimonios de presos políticos y las circunstancias del hecho, llevan a la certeza de que el concejal fue salvajemente torturado y que durante ese proceso, falleció.

En un gesto de hermosa generosidad, el premio Nobel Mario Vargas Llosa, asistió al cierre de las presentaciones de la obra de teatro Sangre en el Diván en Madrid en diciembre pasado. Como ustedes saben, se trata de un monólogo magistralmente interpretado por Héctor Manrique a partir de casi 40 horas de conversaciones que sostuve con el psiquiatra Edmundo Chirinos en el proceso de ser juzgado por el asesinato de la estudiante de Periodismo y su paciente, la joven de 19 años Roxana Vargas.
Después de asistir a la obra, Vargas Llosa extendió su generosidad el 9 de diciembre, en su artículo semanal en El País de España. A continuación reproducimos con orgullo y agradecimiento el texto: