05 Apr
No nos preparamos para tanta maldad
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Conocí el desamparo en el destierro. Nunca lo había vivido. Significó la sensación exacta de la soledad, de no tener a mis acompañantes habituales, los que te dan un abrazo y una sopa de pollo cuando estás débil, los que te escuchan con atención aun cuando hablas de más, aquellos que en plena medianoche son capaces de ir hasta tu casa a matar una cucaracha y cuya visita es aprovechada para unos buenos tragos. Echo de menos la familia, mi hermana que es mi ángel, mi madre a quien 20 veces le pido la bendición prolongando la despedida. No quiero dejar de sentir su respiración. Añoro esos amigos que te conocen tanto y aún así te quieren. Mis matas, mis libros, mi piano. Mi vista al Ávila.

Fue lo que nos tocó, no voy a extender la queja. Da vergüenza lamentarse ante la realidad que se sufre en Venezuela. Son 20 años bajo el yugo de unos desgraciados con una inmensa capacidad de maldad para la que no estábamos preparados. Nos cuesta por lo tanto entender por qué a pesar de ser mayoría, no hayamos podido expulsar a un tirano y a su círculo de mafiosos. Nos ocurrió que nunca sentimos que estaba en riesgo la democracia. Las diferencias con el gobierno de turno se resolvían en las próximas elecciones. Los casos de corrupción eran difundidos en los medios de comunicación y los mandatarios denunciados eran capaces de darnos un premio de periodismo. Se trataba de la libertad y la democracia que ahora extrañamos tanto, como yo la respiración cercana de mi mamá.

La noche del segundo mega apagón que sufrió Venezuela el pasado 25 de marzo se volvió a reactivar el desespero. Viví de cerca la angustia de los colegas cuidando como la última gota de agua, las baterías de sus celulares. Familias con miedo, con desolación, con desesperanza, tratando de encontrar un sistema que los defendiera del desconsuelo, procurando herramientas para manejar la rabia, hurgando para encontrar fuerzas y seguir enfrentando a un régimen que con cinismo continúa hablando de sabotaje. Con el avance de las horas, el tema, casi indefectiblemente, quedó en manos de Dios.

Por Twitter me mantuve en comunicación con muchos seguidores que en mi país se habían refugiado en la red social. Los leí hasta las 3 de la madrugada. Espero que ellos hayan podido dormir después, porque yo no lo logré.

Hace más de una década el pueblo venezolano ha venido padeciendo los efectos de fallas importantes del sistema eléctrico. Cuesta entenderlo en un país que dispone de los recursos para no tener que preocuparse por el tema. Pero esto es parte de la tragedia con el comunismo. El confort, la felicidad, son aniquilados por quien detenta el poder. La buena vida está prohibida, es un privilegio exclusivo para ellos. Sus jerarcas se sostienen sobre el odio y el sometimiento es planificado cuidadosamente con sadismo. Nos cuesta creer que las imágenes de torturas sean registros de cárceles venezolanas, ordenadas por cubanos sí, pero en muchos casos consumadas por nuestros compatriotas que además le cargan lo suyo. Eso espanta.

La tortura siempre destroza y la dictadura la utiliza para lograr sumisión. Tortura de modos diferentes y cada vez con más frecuencia. El sistema eléctrico colapsa por incompetencia y el régimen aprovecha la circunstancia para desmoralizar a la población. Esto obliga a no descartar que sea un plan deliberado. Con más problemas, hay menos tiempo y ánimo para protestar. Un pueblo debilitado bajo el constante maltrato, disminuye su fuerza para luchar.

En estos años hemos hecho esfuerzos para cambiar la situación y tomar el poder. Hemos fracasado. Las cosas han salido muy mal. En las luchas llevamos muchos muertos, miles de heridos y presos. La dictadura los ha masacrado doblemente. Jóvenes sin un ojo, sin un brazo, con secuelas para toda la vida, se ven en la necesidad de rogar aportes para su tratamiento en dólares porque en Venezuela medicinas no hay. Es una guerra que nadie quiere llamarla así. Es el imperio de la maldad.

Los errores han sido aprovechados por el enemigo para avanzar. Con los recursos de nuestro territorio y en el reino del delito y la amoralidad, las mafias fijaron raíces y solidificaron una gigantesca red internacional de la que todavía no se conocen sus dimensiones.

Y entonces, cuando se iban a cumplir 20 años de esa tortura, una nueva generación encabezó una lucha que reactivó la esperanza. Sin embargo, sin unidad es imposible poder vencer al mal. Es imprescindible espantar la tentación de fagocitarnos porque una nueva derrota es comprarle a un hospitalizado el terreno en el cementerio. Sería imperdonable lanzar todo por la borda.